Echarse a andar
Los anarquistas con 'wanderlust' de la novela ‘Walkaway’, de Cory Doctorow, y otros experimentos para después del fin del mundo
Walkaway (Capitán Swing, 2023) de Cory Doctorow se ambienta en un futuro próximo donde el turbocapitalismo actual se ha ido de madre más aún, la crisis climática deja zonas inhabitadas por aquí y por allá y existe una nueva estirpe de millonarios, los zotas, más que megarricos, una élite por encima de la élite. La mayoría de la población le sobra al sistema. Así que se echan a andar.
Walkaway es una post-distopía, si se puede decir que existe un subgénero como tal, que habría que discutirlo. Un escenario de ensayar mundos posibles más allá de la distopía, que combate más el “realismo capitalista” de Mark Fisher que los problemas de los que hable en concreto.
Un mundo con niveles de desigualdad que se miden en dobles dígitos, asesinatos masivos de civiles con ejércitos de drones y en el que los ultrarricos andan preocupados por la inmortalidad suena casi a documental, más que a especulación. Como si encarnase la célebre cita del Neuromante de William Gibson: “El futuro ya está aquí, solo que repartido de forma desigual”.
La clave es la respuesta de los walkaways o andantes en la traducción al castellano, una suerte colectivismo zen, un anarquismo post-escasez en el que la existencia de impresoras 3D relativamente inverosímiles, parecidas al ‘replicador’ de Star Trek, permiten una existen precaria pero cómoda (en serio) al margen del sistema. Un walkaway, al menos uno radical, funciona sin jerarquías y, cuando se topa con un adversario, no reacciona de forma violenta. Solo se echa andar (walk away).
Ansibles de código abierto
Hay en el planteamiento de Doctorow un eco casi explícito de Los desposeídos, de Úrsula K. LeGuin. Para imaginar una sociedad anarquista viable, la hace pobre —como LeGuin aislaba a sus “odonianos” en una Luna habitable pero de condiciones climáticas hostiles— y la aleja bastante de lo idealizado.
Si LeGuin otorgaba a uno de sus anarquistas espaciales el invento del ansible (ese teléfono no einsteniano, que permite comunicarse a años luz de distancia) y lo colocaba en mitad de un remedo nada disimulado de la Guerra Fría, Doctorow regala a sus libertarios con wanderlust el descubrimiento definitivo de la post-humanidad: la capacidad de descargar la mente y recuerdos completos de una persona en un programa de ordenador.
El secreto de la inmortalidad cuyo anhelo resulta tan risible como peligroso en los muchimillonarios actuales pone a los andantes en el objetivo de los zotas como el ansible convertía a los odonianos en la pieza clave de la complicada diplomacia galáctica de LeGuin. Ambos autores parecen darle vuelta a los mismos problemas, como si fuesen notas al pie de un episodio especialmente pesimista de Star Trek: ¿es posible actuar como si la única respuesta cuerda al dilema del prisionero sea la colaborativa?
La historia de tu vida, de Ted Chiang, estupendamente adaptada al cine por Dennis Villeneuve como La llamada, creía que se podía obligar a instituciones por definición poco éticas y desconfiadas, como son los ejércitos de las grandes potencias, a actuar como si no lo fueran. LeGuin regalaba su invento al mundo. Doctorow propone echar a andar.
La metáfora sobre el desnorte de los movimientos antisistema actuales tampoco se esconde. En un contexto en el que las opciones parecen ser el autoritarismo, el neoliberalismo más psicópata o la nada, el autor, un idealista del software libre que bautiza a uno de sus personajes principales como Iceweasel, se centra en el mencionado marxismo zen, un ejercicio de renuncia y reescritura del propio ego que además tiene un ojo puesto en la filosofía del buen vivir.
Singularidad para “progres”
Walkaway también se lee como una respuesta “colectivista” a la muy individualista Accelerando, de Charles Stross. Esta novela, publicada en 2005, sigue a través de nueve episodios, uno por década hasta la sorpresa final, a una saga familiar que se desarrolla en mitad de la Singularidad. Otra fantasía infantil de los megarricos tecnobros: el momento en el que la tecnología dé un salto cualitativo que convierta a la Humanidad, en la práctica, en dioses.
Stross pasa de piratas que venden ideas para hacer millonario a todo el mundo antes de que el sistema monetario se quede obsoleto —una idea muy del cyberpunk del cambio de siglo, entre Transmetropolitan y The Matrix— a un Sistema Solar reciclado para convertirse en ‘computronio’: materia digital en la que todo ser vivo consciente es, en la práctica, un programa informático. Los personajes conviven con copias de sí mismos y dejan de ser algo parecido a lo que nosotros llamamos humanos, al menos físicamente.
Accelerando posiblemente haya quedado obsoleta por optimista, ya que muchos avances que preveía no se han dado y otros se han producido de manera mucho más mediocre. Al mismo tiempo se daba la mano con El fin de la infancia, de Arthur C. Clarke, el clásico que anduvo para que todos estos pudiesen volar, especulando con una Humanidad que, al alcanzar la trascendencia, deja de hecho de ser humana hasta el punto de destruir todo lo que la define de manera consciente.
En Doctorow, Stross y Clarke llama la atención su reflejo en las ideas del biocosmismo, muy difundidas entre las élites científicas del lado rojo del Telón de Acero a mediados del siglo pasado y en parte responsables del impulso del programa espacial soviético —intereses militares aparte—. La muy ingenua idea de que los avances tecnológicos permitirán recrear las condiciones de los paraísos religiosos en el tiempo de la Humanidad, incluso resucitando a personas fallecidas hace siglos, y alcanzar la trascendencia.
LeGuin no se centra en esa clase de lo que, por ser generosos, llamaremos aspiraciones. El ansible de los odonianos de la luna Anarres es un artefacto “mágico” —de ciencia, pero dentro de la ficción—, pero es compartido para toda la Humanidad, a lo largo del universo. Sus personajes se centran más en vivir vidas buenas, a escala humana, que en intentar superar su propia condición.
Quizás el paso definitivo de la imaginación post-distópica estará en asumir ese horizonte como el más deseable. Un marxismo zen que no sueñe con golpear en las narices a los zotas ganándoles en sus propios delirios de vida eterna, sino en hacer deseable la finita y medible que todavía tenemos, sin necesitar imponer nada a nadie para sentirse satisfechos. Y echarse a andar.



